El tedio
(Por Jairo Munévar)
Horacio cambiaba de canal cada 30 segundos. En su casa hay tres o cuatro libros, migajas de su paso por la universidad. No gusta de las películas con contenido intelectual, que tratan sobre la belleza del mundo, con pinceladas de poesía, en las cuales no corre sangre y pólvora, y los efectos especiales brillan por su ausencia. No practica deporte alguno, considera la bicicleta un juguete para niños, trotar un acto ocioso, mira el caminar como una necesidad de los pobres sin auto, jugar tenis, una distracción para amanerados, practicar el golf una actividad de ricos; su único interés deportivo es el automovilismo, por obvias razones económicas, impracticable, ya que posee un Renault 4.
No sabe cocinar, siempre ha tenido quien le adobe sus alimentos, además cree con un fundamento basado en el machismo, que dicha actividad concierne a las mujeres. Es enemigo de los platos exóticos –teniendo en cuenta que para él unos ravioles ya es algo muy exótico -, no gusta de los vegetales, ni de las frutas, ni mucho menos de las tortas y embutidos, no entiende porque no le sirven siempre lo mismo, lo que tanto ama: fríjoles, papa, plátano, arroz y carne. Solo le deleita el café cargado y bien caliente, se aterra frente al capuchino o los cócteles de café con licor, frutos para el de la ociosidad de los ricos. Su discoteca contiene 8 o 10 cd´s de moda, piratas, vallenatos casi todos, nunca compra música, porque para ello esta la radio y los disk jockey que la saben escoger mejor que él. La música clásica la considera aburrida, tenebrosa, destinada para las iglesias, los viejos aburridos y los que se las dan de cultos. En su alcoba tiene colgados afiches de Nirvana -aunque le parece su música estruendosa y de drogadictos-, los tiene debido a que se las regaló un amigo que vive en New York a quien admira mucho; cuelgan también en sus paredes sucias, calendarios de mujeres desnudas, inalcanzables para este hombre de gustos simples y esfuerzos cortos.
Su aparato de televisión es inmenso, de alta definición, con varios parlantes por toda la habitación; a pesar de ello, lo único que ve es televisión nacional, series de acción refritas, telenovelas mexicanas, comedias insulsas plagadas de lugares comunes, noticieros faranduleros y deportivos, partidos de fútbol monótonos, desestimando sin pudor los canales de interés cultural, animación japonesa, películas de cine arte o los que contienen noticieros internaciones. No entiende, y se pregunta casi todos los días con asombro, porque sus películas favoritas no se ganan un oscar, o actores como Stallone o Bruce Willis nunca son nominados a las estatuillas. Otra de las cosas que le inquietan del cine, es la manía de algunos de seguir asistiendo a los teatros, siendo que ya se inventaron el dvd y la televisión transmite las películas sin subtítulos.
Cuando sus actividades se lo permiten, duerme hasta el mediodía día, con el televisor prendido, la luz apagada y las cortinas cerradas. No concibe que un domingo, alguien a las 6 de la mañana esté despierto, ejecutando planes deportivos o culturales, leyendo –la lectura para él es una afición de tímidos, solitarios o a sociales -, armando barcos de juguete o meditando con el silencio de la madrugada.
La asistencia a la Iglesia se la deja a su mamá – ella reza lo suficiente para cubrirlos a todos en la casa -, su espiritualidad es nula, no cree en nada, por física pereza, ni siquiera se puede ganar honestamente el adjetivo de ateo o agnóstico.
Todos los viernes se toma unos tragos con sus amigos de barrio. Cerveza nacional, aguardiente o ron, no le interesa un martini, una margarita, un vino tinto o un mojito, estos últimos forman parte del repertorio amanerado de lo exótico y extraño. Sus amigos son iguales a él, es difícil percibir la diferencia, en lo físico, en los gustos y en el carácter. Son de mediana estatura, elocuentes rasgos indígenas, algo fofos y paliduchos, con rostros marcados por el acné de la adolescencia, cabellos lacios y negros, y esa mirada de ineluctable hastío. Se encuentran al anochecer, en la tienda del barrio, donde Don Humberto, se saludan muy formalmente -las expresiones de afecto y cariño se las dejan a los maricas -, piden un par de cervezas, se sientan en las aceras y empiezan a tomar. Hablan de fútbol, viejas novias, del último celular, las zapatillas de moda, las aventuras de sus héroes amigos que han partido al país del norte – convencidos de sus logros económicos y sociales -, todo ello, salpicado de chistes verdes, sexuales, o de negros y homosexuales. Su vocabulario, no excede de diez palabras, donde priman el “hijo de puta”, “marica” y “mierda”. Al pasar las horas, y en el fragor de la embriaguez, planean serenatas e invitaciones a las mujeres hermosas del sector, para llevarlas a las discotecas de moda, que nunca se concretan, por su falta de altivez, empeño, y su memorable cobardía y consentimiento. A la madrugada se muestran cariñosos y afectivos entre ellos, denotando su lado femenino, disculpado por el licor. Al día siguiente duermen hasta bien entrada la tarde, consentidos por sus madres o cónyuges -no es raro que por las dos a la vez -, quienes les preparan juguitos y calditos – con cariño y amor -, para los “hombres” de la casa.
Horacio tiene una noviecita hace 5 años, mujer gordita, bajita, sin belleza alguna -en el sentido más estético de la palabra -, sumisa, buena ama de casa, dispuesta a darle hijos y educarlos, trabajar por su bienestar, y continuar con la labor encomiable de su madre, de cocinarle, lavarle la ropa, lidiar sus borracheras. Sin embargo, el no se ha decidido a pedirle el matrimonio, se siente tan cómodo con su vida, exenta de altibajos, que semejante compromiso le pone los pelos de punta.
Horacio ya cumplió treinta años, su madre aún lo mira como un niño, su padre partió cuando el tenía 8, terminó con mucho esfuerzo la universidad, donde estudio administración de empresas, no se le ocurrió nada más. Hoy en día, trabaja en una empresa de su tío, de auxiliar de contabilidad, de 8 a 5, sin mayores sobresaltos. Recibe cumplidamente sus quincenas, que distribuye entre la cuenta del celular, la gasolina para su auto, las cervezas de los viernes y la ropa de contrabando que compra imitando a sus amigos. Tiene un amigo cercano desde la niñez, a quien –en los pocos momentos de lucidez, le dice que siente que no se haya, que se aburre con todo, aunque no le falta nada -. El amigo siempre le responde: “hermano de pronto usted sufre de eso que llaman el tedio, vulgarmente llamado mal paridez existencial, tómese una cerveza, fume un cigarro o vaya donde las putas”.