Thursday, October 19, 2006

Rock al Parque
(Por Jairo Munévar)

Ni la lluvia persistente, ni el frío desolador atajaron el deseo de miles de jóvenes por ir al festival de rock al parque. El clima estaba acorde a la vestimenta de colores grises y negros, predominante en el público. Una multitud ansiosa, temeraria, a punto de romper filas, intentaba ingresar al recinto con zapatos y medias en la mano, algunos ya tomados, un gran porcentaje enbaretados, con el telón de fondo de la música. La vigilancia se encaminaba a ubicar a los infractores que introducían sustancias alucinógenas, labor muy difícil y fracasada, ya que eran casi todos. El público era una variopinta mezcla de procedencias regionales, clases sociales y edades . Podría decirse que el festival es el evento cultural más heterogéneo que se realiza en la ciudad. La música hace alarde de ello: rock, hard rock, heavy metal, reggea, blues, calipso, ska y algunos más se fusionan, perdiendo los límites.


Lo delicioso del festival es el entusiasmo, la alegría, le excitación de público; la mayoría se transporta a otros mundos gracias a la música, al licor y otras sustancias. Todo ello matizado por la escenografía de los cerros orientales y la hermosura del bosque que conforma el parque. El aire es puro, purificador.


Puedo anotar que el sonido fue bueno, claro como el viento, robusto como el sol. Mano Chau, la banda más esperada, se lució con su música antillana de herencia Argelina, sin perder la esencia del rock. El público enloqueció con sus temas, poleando sin parar.

Nos veremos el próximo año.


Wednesday, August 30, 2006

Cabello Rubio

Cabello Rubio
(por Jairo Munévar)

De cabello rubio, rostro simétrico,
piel de porcelana y ojos azules intensos.
Es un muchacho enigmático, de escasa sonrisa,
cortas palabras y escuetos gestos.

Se belleza es dolorosa para él y los demás,
nos grita lo hermoso que es el ser humano y
nos hiere con su indiferencia.

Estatura media, cuerpo delgado y armónico,
piernas largas y trasero redondeado,
como la luna llena en una noche de verano.

Muchacho eres una fruta tierna, jugosa,
un melocotón provocativo,
una aceituna humedecida en ginebra,
un biscocho de capas hojaldradas.

Me alegra que existas, que camines delante de mi,
con descaro, vanidad y una sutil coquetería.
Eres una obra de arte en carne y hueso.

Tuesday, August 15, 2006


La culebrita
(Por Jairo Munevar)

Cansado, con ganas de pensar, caminé para airear mis pensamientos; un viento helado, una noche sin estrellas, una luna parca componían el escenario. La multitud abigarrada caminaba de prisa por entre la economía informal -los llamados vendedores ambulantes-, quienes pregonaban sus mercancías, sus rebajas imposibles, esgrimiendo su pobreza absoluta. Pasear por esa avenida para despejar la mente era un imposible, hacerlo por las vías alternas un riesgo por su escasa iluminación y temida inseguridad: esa es mi ciudad. Distraído me desplazaba evadiendo ofertas, en un zigzag obligado por el caminar de los demás. De repente retumbó un grito en mis oídos:

- Mire la sorpresita, barata, para sus hijos.

Al decir esta frase un tipo delgado, de escasa dentadura, cabello grasoso, abre ante mis ojos una cajita multicolor y sale de ella una culebrita que golpea mi rostro, provocándome una sensación de ira, rabia y vergüenza no disimulada. Lo mire con odio, desprecio, prepotencia, lo insulté y el tipo se desencajó, su desconocimiento de la sutileza la pagó muy cara con mi mirada.
El incidente malogró la noche; pero seguí en mi “paseo” dispuesto a olvidar tamaña imprudencia. Buscaba intimidad y me la arrebataron de la manera más grotesca. La vía se despejada, había menos comercio y los vendedores escaseaban: sentí alivio, unas ganas desenfrenadas de gritar y correr. Me percaté de una sombra detrás de mí, un tipo me perseguía; aceleré el paso y mire a los lados y enfrente para ver si alguien podía ser cómplice de mi perseguidor. Supuse un atraco, común en el sector, decidí cambiar de acera y el tipo que me seguía procedió igual; no había autos, ni transporte que tomar – extraño porque la vía es bastante congestionada -, decidí ingresar por una callejuela para buscar transporte en la avenida paralela donde era seguro encontrarlo. No eran más de 80 metros lo que separaba ambas avenidas y con paso firme no me podía tomar más de medio minuto llegar al otro lado. Un olor a cannabis, verdoso y dulce se expedía de una casa de ventanas bajas; música de vallenato se escuchaba en una casa con un biombo a la entrada; una pareja de hombres se besaba en un rincón oscuro.
El tipo me siguió, más ágil ahora; a mitad de la calle me percaté que otro tipo venía de frente, otro salió de una casa a mi izquierda y otro de un bar a mi derecha. Me consideré perdido, atracado y hasta muerto. Curioso: los hombres eran idénticos, de piel macilenta, ojos cansados, cabellos grasosos, delgados de cuerpo; los cuatro esgrimían una sonrisa de venganza, triste y melancólica. Todo hacía prever aciagos acontecimientos; sin embargo, el curso de los hechos tomó un giro insospechado, y los cuatro hombres ya quietos, muy cerca, sacaron de sus bolsillos – pensé que eran navajas-, cuatro cajitas de sorpresa, idénticas a la del disgusto con el vendedor; las abrieron y las culebritas saltaron tomando vida. Repitieron la escena varias veces, hasta la saciedad; asustado y confundido les ofrecí comprar las sorpresas a cualquier precio con tal que me dejaran en paz; mantenían un silencio aterrador, me tomaron de la mano y me ingresaron a un edificio deteriorado, casi en demolición.
En el edificio pernotaban decenas de familias muy pobres, los ancianos dormían en el piso, los niños desarrapados jugaban en el patio, una mujer con el rostro desfigurado gritaba arengas por el partido liberal; en la cocina, en una olla inmensa se cocía una sopa con los restos que alguien mendigaba en los restaurantes. El sitio era tenebroso, oscuro, húmedo, las ratas paseaban por entre los rincones, un animal desconocido –mitad gato, mitad perro-, se arrastraba como un reptil y los perros sarnosos lamían mis pies. Me llevaron a una habitación donde solo una vela iluminaba el recinto, no había luz eléctrica; en ella vivía el vendedor del disgusto, estaba al lado de su mujer enferma, me miró con lástima, yo lo miré con vergüenza.

- Mi puesto esta solo -dijo secamente-. Atiéndalo, mis cuatro amigos lo llevarán.

En mi vida había vendido un par de medias, le rogué que me recibiera el dinero, pero el se negó. Me llevaron a la calle, al puesto donde el trabajaba esa noche, y sin más remedio comencé abrir cajitas en las caras de los transeúntes: algunos compraban, otros reían, otros se indignaban sin mayores aspavientos. Al acabar la jornada regresé al edificio, le di el resultado de la venta al vendedor y la mercancía sobrante. En agradecimiento me invitó a comer, en un acto de humildad acepté. Fue una noche de fogata, licor, sopa con mucho sabor y sobre todo una velada de grandes historias
.

Thursday, July 27, 2006

No llores niño

No llores niño

Tus lágrimas conmovieron,
eran cántaros de agua dulce,
no parabas muchachito en tú llorar.

Estabas herido, dolorido, rabioso,
ello te hacía ver más niño, más hermoso.
No te avergonzaste de tu actitud,
improvisaste una obra de teatro,
algunos te criticaron, otros te aplaudieron,
eso no te importó.

Tu novio vació su copa de licor en tu rostro,
el motivo no lo supimos,
parecía una escena de mimos,
solo tus lagrimas rompieron el silencio.

No llores niño, tienes juventud, amigos,
si estás enamorado gózalo hasta el final,
si el dolor es por simple orgullo,
para de llorar.

Una lágrima expuesta para el ser amado,
es como una curita en el corazón,
una lágrima ya es coqueterìa.

Friday, July 21, 2006

No dices nada.
(Por Jairo Munevar)


Tus miradas me intrigan,
tus labios me provocan,
tus cejas arqueadas me honran,
tú piel de marfil me ilumina.

No dices nada, cuando estoy contigo.

Tu caminar seguro me da energía,
al cerrar tus ojos, sueño contigo,
al sonreír me transmites plenitud,
al llorar me agobias con ternura.

Tú lenguaje corporal es delicioso, casi poético,
esas nalgas redondas las mueves sin pudor,
tus piernas largas y moldeadas te transportan con orgullo,
tus brazos delgados pero musculosos completan la armonía.

No dices nada, cuando estoy contigo.

¿Me quieres, me aprecias, me estimas, te gusto?
Dime algo, abre esa boquita, mueve tú lengua, articula algunas palabras,
tú silencio me obnubila.

Somos distintos:

Tú muy joven, yo no tanto,
tú muy bello, yo solo un poco,
yo soy verbo, tú silencio,
yo impulsivo, tú impávido.

Dime algo. Tú cuerpo dice mucho, tus labios poco.


Friday, July 07, 2006

El patio de mi casa.
(Por Jairo Munévar)

Vivíamos en una casa inmensa de clase media, con un patio cuya área era más grande que la superficie donde estaba construida la casa. Aprovechando ese espacio, mi madre improvisó un huerto con gallinero incluido, alegría para nosotros los niños, y extrañeza por parte de los visitantes. La casa estaba rodeada de lotes, podríamos decir que estaba ubicaba en el campo, matizado el entorno por un aire limpio, propio de la ciudad de hace más de 30 años, el barrio estaba en la periferia. Las gallinas jugueteaban por todo el huerto y patio, azuzadas por el perro y molestadas por los niños; los escasos huevos que ponían eran la algarabía de las empleadas y la delicia de tortas y postres. Ya viejas las mataba mi abuelo – a la vieja usanza -, torciéndoles el pescuezo (Las gallinas no las empleadas); un espectáculo de esos presencie un día, quedándome grabada para siempre tan despiadada muerte. Sin embargo, dos horas después comía con agrado en la mesa: presas sabrosas de la sacrificada gallina con arroz blanco.

Añoro las lecturas bajo la sombras de los árboles de papayuela; los frutos caían espontáneamente, con ellos se preparaba un delicioso dulce azucarado que comíamos con leche de vaca recién ordeñada. En el patio, decenas de primos y primas jugábamos al fútbol con pelotas de plástico, todos gritando al unísono; en más de una ocasión el patio sirvió como escenario para títeres, payasos, obras de teatro improvisadas por nosotros, y cumpleaños con sombreritos, bombas y serpentinas. Recuerdo con nostalgia: verme sentado en una butaca café en el patio, escuchando las notas lejanas de un larga duración denominado “Éxitos de la RCA Víctor”, que mi papá hacía sonar en una vieja radiola.

En la huerta, mi abuelo cultivaba hierbas como la hierba buena, el tomillo y demás plantas medicinales; no faltaban los geranios, las limonarias y los helechos. En la madrugada los pajaritos cantaban alegres y se posaban sobre las plantas; la casa tenía grandes ventanales que daban al patio – no tenían cortinas-, y por donde entraba sin recato la luz del sol; uno se podía recostar en su cama y contar las estrellas en la noche.

En las tardes de vacaciones: el ruido de las hojas, la lluvia sesgada sobre las ventanas, el alboroto de las gallinas, el ladrido del perro y el olor a leche hervida con nata que provenía del fogón de la cocina, conformaban un fresco de grata recordación.

Luego la familia creció y la mitad del patio fue utilizado para construir otras habitaciones y un gran salón de juegos – cuya historia da para otro relato -; se acabó el gallinero y el huerto, pero se respetaron los papayuelos y las plantas con flores. La casa fue limitada por otras casas de igual arquitectura – herencia constructivista-, de inmensos dormitorios cuadrados, grandes zonas sociales y largas escaleras en azulejos. Las paredes se pintaban con figuras geométricas, los pisos eran de madera, los techos altos y lo más delicioso que producían estas casas era una sensación de amplitud que llamaba a la libertad.

Añoro el patio de mi casa de Normandìa, el completo con huerto y el reducido a la mitad con sus papayuelos. Todavía casa y patio existen, espero que lo disfruten otros con la misma intensidad que lo gozamos nosotros.

Wednesday, June 21, 2006

La gula de Homero
(Por Jairo Munèvar)

Aclaro que no es Homero el de la Odisea, autor cuya imaginación no se queda atrás en excesos fantásticos, más propios de los dioses. Hablo de una odisea más terrenal, más mundana, más común, la odisea de los apetitos desenfrenados: la gula. No la anorexia – falta de apetito-, ni la bulimia – exceso de apetito provocado-, sino de la gula, ese placer castigado por la moral y la Iglesia, y para colmo de males, reprendido por los médicos. El mayor ejemplo de gula es la de Homero Simpsons: amante enfermizo de los banquetes, los bufetes, las hamburguesas, los asados, los dulces, las donuts, todo por montones, a deshoras, y con un gran picante: el placer. La gula sin placer no es gula y la gula con hambre pierde cierto sentido. La gula es comer después de comer, solo por gusto, antojo, hasta por falta de oficio. Homero come para sobrellevar el tedio, para acompañar la televisión, para distraer el insomnio, o simplemente para recordar viejos sabores. No distingue entre lo vulgar y lo exquisito, lo fresco y lo trasnochado, lo simple y lo complejo. Su objetivo es comer, tener el gaznate lleno, el estómago contento.
La gula es considerada por la ortodoxa Iglesia Católica como un pecado capital, tan grave como matar. No veo el ¿por qué?, si no se le hace daño a nadie, tal vez a si mismo, y si mucho placer. Sin la gula y el adulterio (otro pecado capital) la vida sería un paseo monótono y desabrido. Tal vez lo de Homero sea exagerado -al fin del acabo esa es la principal característica de la caricatura -, pero no lo neguemos: todos tenemos algo de la gula de Homero. Un pastel en la esquina disminuye el estrés, una presa de más deshoga el espíritu, un chocolate eleva el ánimo, una confitura distrae el aburrimiento.
Ulises -el personaje de La Odisea de Homero-, debió tardar tanto en regresar a su tierra y reencontrarse con Helena porque quizás le ofrecían viandas deliciosas en todas las islas en que arrimaba – y propuestas de adulterio ineludibles de sus lugareñas-.
Homero Simpsons no comete adulterio, lo que come es suficiente para solventar su espíritu, gula aliñada por las manos de su amada.
Seguiré comiendo mi san duche de pavo y queso aderezado con orégano.

Friday, June 16, 2006

Mis ojos y los tuyos
(Por Jairo Munèvar)

Me decidí hace algunos días a recorrer algunas calles y parques de mi ciudad al caer el sol. Después de una ola invernal prolongada, monótona, sombría, no lo dude cuando hacia las 5 de la tarde apareció – como una visita sorpresiva y agradable de un viejo amigo- ese sol esplendoroso acompañado de un viento frío, limpio y revitalizador, que bajaba de los cerros. Caminaba contento por las aceras amplias de mi ciudad, parándome a observar las vitrinas de pasteles y biscochos de las más prestigiosas panaderías, los observaba con deseo, antojo y mis ojos ante ellos daban vueltas de alegría. Ingresé en las librerías, con mis ojos hacía un inventario de los libros de moda, apreciando las carátulas, hojeándolos, mis pupilas saltaban ansiosos. Destiné unos minutos para ver la ropa de moda: sus cortes, sus forma, sus colores, el cuerpo esbelto de los maniquíes invitando a la compra; miraba con deleite aquellos compradores de medidas perfectas que se probaban las prendas, y mis ojos dichosos brincaban de un lugar a otro. En la entrada de un centro comercial se exponía el autorretrato de Da Vinci y no pude menos que limpiar mis anteojos para observarlo al detalle: cada línea, cada trazo, su composición completa mis ojos se embriagaron ante tanta belleza.
En este devorar con mis ojos el mundo, no faltaron muchachos atractivos de miradas coquetas que al pasar a mi lado mostraran sus atributos, mis ojos no dejaban pasar ninguno sin engolosinarse con sus atrevimientos y sus curvas. Corrían los minutos y un parque solitario me invitaba a descansar, una vez sentado, un aire de libertad invadió mi ser, mis ojos se posaron sobre el cielo casi azul oscuro, buscando intrigados la luna, que muy pícara se asomaba por el cerro. Al encontrarla mis ojos descansaron, los parpados se cerraron y una tranquilidad cercana al sueño me invadió.
Desde el inicio de esta sosegada caminata, sentía a mi espalda una sombra que me perseguía, un ser anodino que no ubicaba. Me acostumbré a ella, cansándome de mirar atrás; cuando miraba a Leonardo, escuché un murmullo en mis oídos: “Que ves que yo no veo”. Di la vuelta y no había nadie, solo un niño que embelesado no dejaba de mirar la pintura, igual que yo. Cuando cerré mis ojos en el parque alguien se acercó y me dijo:

- Quiero tú ojos, son muy especiales.
- ¿Cómo? – pregunté.

Abrí los párpados y vi. de frente mío a un muchacho hermoso, cuyos ojos iluminaban el mundo : rasgados como el oriente, azules como el mar, intensos como un volcán, luminosos como el sol.

- Quítate los anteojos – me dijo con firmeza.

No lo dudé y me los retiré, él los observo con detenimiento, con curiosidad:

- No tienen nada de especial.
- Que de especial iban a tener – le dije.
- Es que miran con pasión, con deleite, con gusto, como si fuera la primera vez que vieran el mundo – observó el muchacho -, te seguí en tú divagar.
- ¿Y los tuyos no?, porque son hermosos – anoté.
- No, miran sin entusiasmo, sin anhelos, como si ya lo hubiesen mirado todo –contestó.
- ¿Quieres que aprendan a mirar?, mis ojos pueden guiar los tuyos, y a través de los tuyos yo podré mirar el mundo como a través de un espejo con bordes de oro.

Caminamos bajo la luna, los cuatros ojos miraban mejor que dos, y fuimos descubriendo nuevos mundos.



Friday, June 09, 2006

Cafè y Libro
(Por Jairo Munèvar)

Uno de los mayores placeres de esta vida es leer un libro en un café, tomando cafè –valga la redundancia-. Debe ser una actividad solitaria, con el acompañamiento de un buen libro – para mi un clásico, ojala denso, grueso, edificante y bien escrito-, y un café colombiano: aromático, robusto y caliente. En Bogotá las opciones son varias, desde el café improvisado en un parque con la cafeína líquida comprada en una caseta – no faltará el quemòn-, hasta los cafés de poetas y coperas del centro histórico – donde no faltará la trifulca. Hagamos un recorrido inicial de cafés: para empezar el Juan Valdés de la 71, con sus mesas al aire libre, ideal para días de sol –hoy tan escasos como una buena charla. Delicioso tomarse ahí un café a las 10 A.M de un día hábil, sabiendo de antemano que miles de empleados se hacinan en los edificios circundantes, me hace recordad a Oscar Wilde con uno de sus aforismos: “No hay mayor placer que el de contemplar la desgracia ajena”. A solo media cuadra y eso sí muy temprano está el Crepes and Waffle de la esquina de las 70, con sus mesas de sombrilla, encantador para leer hasta que no llegue el tumulto. Un poco más al sur está el OMA de la 73 con novena, algo frío pero silencioso, solo bajando una cuadra está el Carulla Gourmet, donde el café se puede acompañar de un bizcocho o una galleta.

Yo creo que el libro escogido depende del lugar: “La Metamorfosis” de Kafka estaría bien en la cafetería de la Universidad de los Andes, Las poesías de Aurelio Arturo en el bar Mercantil de la 24 con 6, “Conversaciones en la Catedral” de Vargas Llosa en La Puerta Falsa, “La Historia de los Amores Ridículos” de Kundera en el Juan Valdès de El museo Botero. Pero sigamos el recorrido, desplacémonos al infaltable centro, en este sector son emblemáticos los cafés: El Saint Morriz, -Callejón de la 14 cerca de las tres Iglesias-, de poetas e intelectuales, donde predomina la ambigüedad sexual y la cercanía del malhechor con el bien pensante; el Café Pasaje de la plazoleta del Rosario, visitado por universitarios y catedráticos, donde no faltan los escritores en ciernes; el café bar gay – pero abierto a todos- del Polo con su música de tango y bolero y sus baños olorosos, ideal para leer un libro sórdido de Buckosky; El Café Mercantil en la 23 con 6, que no ha cambiado desde sus inicios, atendido por coperas y visitado por la más variopinta multitud de desocupados: pensionados, desempleados o buscadores de historias. El centro ahora tiene cadenas de cafés, agradables pero antisépticas como los Dunkin Donuts o los Valdivia, para aquellos que buscan limpieza y buena atención., yo me quedo con los tradicionales. Los aforismos de Gómez Dávila, llamados Escolios y comprados en el mercado de las pulgas de la 24 quedan de papaya para leer en Café Cinema de Terraza Pasteur acompañados de un brandy y la música de Mercedes Sosa. Que mejor que leer “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde en Cafè Village de la 8 con 64, mientras se espera algún amigo acompañante de la movida gay. Al norte, que experiencia más deliciosa que leer decenas de revistas en el café de Tower Records del centro comercial Andino – nadie lo molesta a uno- con un delicioso granizado de café. Un lugar encantador para la conquista mediante la lectura de versos de Neruda, es un café de un hotel ubicado en la calle 88 con quince –cuyo nombre no recuerdo-, con mesas ubicadas en el parque de las flores, hoy embellecido con ciclo rutas.
Hay muchos cafés más en calles escondidas o en sitios impredecibles, centenares al igual que libros, y la alquimia entres ambos es maravillosa, cualquier hora esta bien para practicar esa receta, a media mañana con el sol tibio, al mediodía después de una almuerzo frugal, al atardecer cuando los aromas florecen, ya la noche tiene otros fines más mundanos.

Monday, June 05, 2006

Bienmesabe


Estas épocas navideñas siempre están empalagas de deliciosos dulces, galletas, viandas y biscochos, que para los golosos irredimibles son todo un placer al paladar. Desafortunadamente se ha perdido algo de esas costumbres, y se consume más ahora productos industriales de supermercado, panetones insípidos, biscochos empacados y galletas simples surtidas en cajas de colores. Hasta el vino viene en cajas, quitándole todo ese encanto bouquet y añejamiento que produce la botella y el corcho.
Pero yo soy de esos gustadores a la antigua, que gustan de las recetas de las abuelas, del olor a clavo y canela de una olla en hervor, del sabor a melado y panela. Y dentro de mis postres favoritos no pueden faltar, para estas festividades:

El Bienmesabe, que yo siempre le decía mermesabe, que se hace en base a leche fermentada o pasada y panela. A veces las cosas pasadas de límite tienen su encanto.
La natilla tradicional con dulce de moras, con la consabida canela. Dos contrastes en sabores.
El masato de arroz, bien fermentado en olla de barro, casi guarapo , con canela molida y mantecada. Un dúo perfecto.
Las obleas tradicionales, repletas de arequipe, tostaditas y crujientes.
La cuajada con melado, suave el queso y el melado hecho con panela calientito.
El arroz con leche, con clavo y canela, preparado con leche condensada, y hecho en casa.
El matrimonio que lleva breva, arequipe, queso y dulce de mora. Ojala así fueran todos los matrimonios dulces y excitantes a la vez.
La milhojas tradicional con crema chantilly, aunque con arequipe no les va mal.
El kumis casero, producto de la fermentación de la leche en casa, acompañado de galletas, ojala las tradicionales polvorosas o con cucas. Casi un placer erótico, no por las cucas.
El dulce de las tres leches, aunque es una sola pero en estados diferentes, entera, en crema y condensada. Que delicia, la leche en sus tres edades, niñez, juventud y madurez.
Las islas flotantes, hechas con clara de huevo, ideales para un paladar no muy dulcero.
El dulce de papayuela, con ese sabor azucarado y a la vez agrio con su color ocre. Me recuerda los árboles de papayuela del patio de la casa de mi niñez, donde se producían con desenfado.
Las fresas con crema, algunas veces hostigantes, pero sin dudas placenteras sobre todo por ese contraste de colores entre el blanco y el rojo.
Y para finalizar, un dulce muy de la casa, hecho con el tradicional porqué Ramo, aquel redondito que produce miles de moronas, que nos acompañó en cumpleaños apretados, y que con huevo y azúcar producían un delicioso dulce cuyo aroma me recuerda hermosos momentos difíciles de olvidar.

Ya se me hizo agua la boca, y olvido premeditadamente dietas y las curvas de glucosa, al fin de al cabo es navidad y no se debe escatimar cuando al paladar hay que consentir.

Tuesday, May 23, 2006


Match Point
(Reseña de la película de Woody Allen)
(Por Jairo Munèvar)

La tragedia nace como consecuencia de las fiestas que los griegos hacían en honor al Dios Dionisio, el dios de la ebriedad y la trasgresión, del carnaval. Después de la fiesta venía la tragedia: asumir la terrible realidad. La comedia y la tragedia se acercan en sus límites – la vida es una tragicomedia- y Woody Allen lo maneja con propiedad. Por su herencia judeocristiana, la moral y la culpa son elementos presentes en sus películas, tratados con ironía, y la humana infidelidad no puede faltar. Una historia de amor común, entre un hombre irlandés pobre entrenador de tenis y una rica aristócrata inglesa, un amor que conlleva al matrimonio: tierno, estable, tranquilo, con garantías económicas, solo subyugado por la necesidad apremiante de traer un hijo al mundo, para ella no para él. Otro amor paralelo, con el mismo hombre como protagonista y una actriz sin futuro, cargado de pasión, deseo, lujuria, sin formalismos, claramente trasgresor. Una historia banal con visos de comedia que finaliza en tragedia. El humor inglés: fino, sutil, inteligente, agazapado, no falta en ningún momento del filme, aunque sea imperceptible para muchos. La ópera le da ritmo a la película -es su banda sonora-, muy adecuado para algunas escenas, donde la historia se acerca al melodrama salpicado de ironía. “Una furtiva lagrima”, la bella melodía del “elixir del amor” de Donizetti, se repite continuamente, con una lírica que invita a la muerte. La madre sobre protectora – personaje común en las cintas de Allen, amante del gin tonic – imposible no serlo-, aparece de forma exquisita en las conversaciones de los amantes. El licor presente en todo momento -las conversaciones se salpican de alcohol y comentarios intelectuales y artísticos-, le da un aire embriagador a la historia. Esto último, sello indiscutible de Allen. El azar y la suerte que rigen las vidas de todos nosotros – tanto como en un juego del tenis-, le da los giros necesarios al guión para que el interés no se pierda. Un Londres moderno de decimonónicas costumbres como la asistencia a la ópera, al teatro, a las galerías y museos, se reflejan en el filme – en esto se asemeja a Manhattan, pero con mayor gusto. El final impredecible, original, con una investigación a lo Sherlock Homes –muy inglés- deja al espectador en ascuas, pero satisfecho. No deseo ser más explícito, porque deseo que la vean.

Friday, May 19, 2006

El pintor y el Poeta
(Por Jairo Munévar)

Continuo escribiendo sin parar, no debo detenerme, seria como un delito, un pecado sin perdón, una dolorosa flecha clavada en el alma. Tal vez, como reconoció Gabriel García Márquez, escribo primordialmente para hacer felices a mis amigos. Pero también escribo para conocerme a mi mismo, hacerme conocer a los demás y comprender mejor el mundo. El mayor de los placeres es poder hacerlo al amanecer, cuando la mente y el corazón renacen como el sol, los pájaros cantan y los cerezos se ponen en flor. En estos instantes solo deseo probar los frutos de todos los árboles del jardín del mundo, no solo los que ilumina el sol, cargados de placer, sino también los que están en la penumbra, rebosantes de dolor . Vivo con un pintor que duerme al amanecer, los pintores viven en un carnaval de imágenes cargadas de color, por eso aman más el crepúsculo por sus matices cromáticos, y se inspiran de noche, aparecen sus musas en la oscuridad. Su vida también es una fiesta, en busca de placer, el placer de encontrar imágenes que pintar, cuerpos bellos que dibujar y palpar, sensualidades explicitas y exóticas que bosquejar, desea mirar el mundo sin parar. Yo soy un poeta, que recrea el dolor, las bellezas tiernas y melancólicas me inundan el corazón, mi inspiración se plasma en un verso o en una canción, y mi meta la poesía.

Tuesday, May 09, 2006

Llueve Tanto
(Por Jairo Munévar)

Lleve tanto que los carros no ruedan sino nadan,
los hombres no hablan sino chapotean;
los niños no lloran, sino naufragan;
las mujeres no se maquillan, sino se empañan.
El alma se humedece y los pensamientos se ahogan.
No deja de llover:
en el día, durante la noche,
al amanecer, sobre el crepúsculo,
aún cuando el sol asoma y la luna sonríe.
Càntaros de agua, torrentes de gotas,
cascadas de chorros,
llueve sin parar como si tuviésemos un diluvio local.
iene su encanto -sin duda-,
pero todo lo que se repite continuamente lleva a la aburrición.
Dijo Oscar Wilde : “El único pecado que no tiene perdón, es la aburrición “.
Que bueno sería que no lloviera agua mas por ahora;
que lloviera frutas y vegetales para los gorditos;
condones para los promiscuos;
libros para los incultos;
billetes para los endeudados;
camisas para los descamisados;
esperanzas para los desilusionados;
poemas para los enamorados;
melodías para los angustiados;
certezas para los inseguros;
licor para los despechados;
pasteles para los golosos;
perfumes para los olorosos;
maridos para las solteronas;
amantes para los solitarios.
Será mucho pedir?,
los Dioses tienen sus caprichos,
los ángeles sus desvaríos
y el demonio su locura.
Quizás alguno de ellos me escuche y vendrán alegrías.

Wednesday, May 03, 2006

Tantos e Iguales
(Un Lamento)

Somos tantos, y tan iguales?
caminamos de prisa,
miramos de reojo sin disfrute,
desconfiamos de todo y de todos,
nos empujamos, alegamos, nos insultamos.
Somos tantos, y tan iguales?,
marchitos y tristes,
apurados, corremos y tropezamos,
miramos a los demás con desprecio,
uno más es un obstáculo.
Somos tantos y tan iguales?
simples cuerpos en movimiento,
almas vacías, mentes alienadas,
curiosidad anulada.
No escuchamos los pàjaros,
no sentimos el viento,
no miramos el cielo,
no olemos las flores,
no gustamos del licor de la vida.
Sì, somos muchos y muy iguales,
una masa compacta sin rumbo y sentido,
adonde vamos con tanta prisa, que buscamos?.

Thursday, April 27, 2006

Soñé con un Hurto
(Por Jairo Munévar)

Tuve un sueño extraño, una aventura onírica cercana a la realidad, con los absurdos que siempre acompañan el acto de dormir. Freud argumentaba que los sueños provienen del inconciente, y siempre reflejan deseos no cumplidos, o angustias no expresadas en la aburrida racionalidad de la conciencia. Soñé lo siguiente:

Después de hacer una inmensa cola para ingresar a un cajero automático, peleando con todos los de la fila, y despotricando por la señora lenta que no sabe utilizar el cajero -no encuentra la tarjeta en la cartera, recibe tres llamadas de celular dentro del cajero, y además sale como si nada ante la impaciencia de los demás-, logro llegar a la bendita máquina impersonal e insensible. El rostro de la señora es difuso, pero común: unos 45 años mal llevados, sobrecarga de maquillaje, unos tacones inmensos y puntiagudos, y un sastre muy a la usanza de una ejecutiva de mando medio, del color no me acuerdo, dicen que los sueños se dan en blanco y negro. Yo los catalogo como surrealistas: con figuras deformadas, espacios sin perspectiva y tiempos fragmentados. Ingreso por fin al cajero y cual sería la sorpresa al mirar el dispensador de billetes del cajero: estaba lleno de billetes de $50,000 o $20,000 –no me es claro-; los tomo descaradamente, me los guardo –no sin alegría y temor-, salgo como un loco a la calle, paranoico de que alguien me hubiera visto y el sueño se interrumpe abruptamente. En ese estado de vigilia-sueño -tan raro para el entendimiento humano-, soy conciente de la fechoría, y los ineludibles sentimientos de culpa aparecen.
Me profundizo de nuevo, retorno al sueño, como si fuera una novela por capítulos, y me encuentro contando el dinero en una calle imposible de describir, es bastante –puede ayudar a pagar algunas de mis deudas-, pero me nace un presentimiento: el cajero debe tener cámara, y esta debió haber grabado el robo. Corro en búsqueda del cajero, el cual aparece por arte de magia, de frente, sin filas y dispuesto a atenderme, lo único concreto es que es de Davivienda -el banco que en la vida real representa mis alegrías y mis suplicios. Los sueños son prácticos: no se requieren desplazamientos para llegar a un sitio y tampoco que pase el tiempo para que ocurra un suceso, como una película de cine. Pienso que es mejor no entrar al cajero -me volvería de nuevo a grabar-, y prefiero mirar y confirmar por el vidrio de la puerta la existencia de la maldita cámara; es inmensa y evidente su capacidad de grabación, el testigo incuestionable del hurto. La confusión me invade, el dinero aún en mi billetera, no se donde estoy, ni en que día, ni a que hora. Prácticamente tengo una crisis existencial, y despierto, soy cobarde, por ello evito el final de mis sueños.
En la vigilia, razono, asoma una pequeña desilusión por la ausencia del dinero, y me invade una tranquilidad por la resolución del suceso; miro mi billetera con los mismos 10,000 pesitos, la tarjeta débito en su puesto, doy vuelta y duermo.


Sunday, April 23, 2006

Balzac y la pequeña costurera china
(Película Franco-China)
(Reseñas por Jairo Munevar)


Un paisaje tranquilo, en medio de las montañas, bañado por cristalinos riachuelos, cascadas y acantilados; una región donde no había llegado la más pequeña brisa de progreso tecnológico e influencia cultural occidental, son el fondo escenográfico de esta preciosa película. Corre la década del 60 del siglo pasado, Mao se afianza en el poder en la China comunista; se implementa la revolución cultural, y la reeducación a los jóvenes burgueses es el pilar del cambio. Los ciudadanos son catalogados como revolucionarios o reaccionarios, no hay términos medios; los muchachos separados de sus familias y enviados a estos centros de concentración, donde ejercen oficios pesados en la agricultura y minería, y en los tiempos libres son entrenados en las nuevas doctrinas revolucionarias. Todo esta prohibido: la lectura de autores occidentales, la música clásica, el conocimiento de los países capitalistas, la historia pasada de China, la comida extranjera, el cine no oriental, quedando para la culturización algunos textos pro revolucionarios y algunas canciones panfletarias. Dos jóvenes adolescentes, hermanos, son los protagonistas de esta historia, cuya vida se tropieza con una hermosa costurera analfabeta y primaria. Son enviados a reeducarse, y luchan con éxito por mantener sus intereses, talentos, gustos y sensibilidad. Uno de ellos llega al centro de concentración con un violín -instrumento desconocido en la zona, considerado algo sin valor, un juguete burgués -, e interpreta a Mozart con pasión, engañando a los líderes maoístas, con el argumento de que lo que interpreta se llama “Homenaje de Mozart a Mao” y los jefes, a causa de una patética ignorancia – fruto de la revolución-, gozan de tan elevada música – la sensibilidad es universal -. Los dos muchachos se comprometen a enseñar a leer a la costurera, y sacarla de su brutal ignominia, y para ello se roban una maleta cargada de libros de un compañero a quien llaman “cuatro ojos”. Balzac, Sthendal, Flaubert, Gogol y muchos más autores, especialmente franceses, hacen parte de esa pintoresca biblioteca. Leen con pasión, a escondidas, y los libros les cambian la vida y a quienes les rodean. Una historia de amor, sin conflictos, sin sobresaltos, que involucra a los tres muchachos, enaltece el drama.
Dos conclusiones extraigo del filme: Un libro puede cambiarle la percepción de la vida a un ser humano, puede incitarlo a vivir con pasión, puede ser la guía para la felicidad o por lo menos para la vivencia espiritual – excluyo los de superación -. En la película, la costurera desea partir a la ciudad, motivada por lo que leyó en un libro de Balzac: “La mujer bonita debe utilizar sus atributos”. El abuelo de la costurera, sastre – profesión muy respetada en China -, al escuchar – no sabe leer - ,las lecturas de Madame Bovary de Flaubert , cambia sus diseños, los adorna y embellece con motivos franceses y colores vivos, sin dejar lo exquisito de lo oriental. Los dos hermanos, logran sus objetivos impulsados por el arte y la lectura, y uno se transforma en un gran músico en Francia – intérprete de Mozart y Beethoven -, y el otro en un gran catedrático en Beijing. La segunda conclusión, es más una pregunta actual: como es posible que bajo tantas prohibiciones, miseria y limitaciones, tres muchachos logren conectarse con el mundo a través de la lectura y la música, alcanzando la plenitud, creciendo espiritualmente y jugando con la verdadera felicidad? ; y en la actualidad, que tenemos acceso a decenas de bibliotecas públicas con millones de ejemplares, salas iluminadas – no la maleta roída, mustia, escondida, de la historia del filme -, acceso al Internet con millones de textos gratis, emisoras de música clásica, cada vez nos alejamos más de la cultura y del verdadero arte?. No será que en ello está parte de nuestra monotonía y tedio?.

Un gran logro del filme es el mimetismo entre la cultura oriental y occidental, demostrándonos que el arte es la mayor expresión humana, independiente de su lugar de origen. Sonatas de Mozart, ballet rusos, música popular china, acompañan toda la película, solo en ello ya hay un gran logro y goce. Frases de Balzac, de Sthendal, de Flaubert en medio de la historia, adoban las imágenes y endulzan el guión.
Una metáfora visual no puede pasar desapercibida: un reloj despertador que lleva uno de los muchachos al centro, el cual genera una curiosidad científica deliciosa, fue desarmado completamente para su estudio, por parte de la costurera y sus amigas, como si fuese una cajita mágica llena de secretos. Buscaban resolver los misterios del tiempo y del movimiento, la curiosidad como artilugio de la felicidad.
Al ver la película, recordé una conversación con un amigo, que fue educado en un seminario, de interno, donde se leía después de la cena capítulos de grandes autores – los autorizados por la Iglesia -, y que le marcaron para toda la vida, eran los únicos momentos del día en los cuales podía evadir la realidad y fantasear con devoción. De noche, y una vez las luces de los dormitorios se apagaban, sacaba una linterna y leía con pasión los libros no autorizados por la Iglesia, siendo feliz, y esas lecturas le dieron ánimo para volar, partiendo luego del Seminario.
Un libro puede cambiarle la vida a una persona, un filme como éste también.


Wednesday, April 19, 2006


Pequeños incidentes cotidianos
(Por Jairo Munèvar)

Con el ánimo de tratar temas ligeros y reconfortantes, quisiera escribir sobre algunos incidentes cotidianos, triviales -por no decir vulgares -, que alteran nuestros ánimos, acaban con nuestro reducido optimismo, menoscaban nuestra autoestima y algunas veces nos pueden llevar a la locura, sin que sean realmente de importancia.

Algunas joyas :

- El sonido del despertador, sobre todo si el insomnio nos jugó una mala pasada la noche anterior, o nos enfrascamos hasta altas horas de la noche en una pelea infructuosa con nuestro cónyuge, o el niño lloró hasta la madrugada, o pasaron nuestra película favorita después de las 10 p.m o nos invitó a tomar un trago aquella persona que nos gusta tanto. Nos parece increíble que después de conciliar el sueño, como si solo hubiesen pasado cinco minutos, el maldito despertador suene alegre y dicharachero, el tirano que puede estar descansando las 24 horas y solo trabajar esos segundos de algarabía.
- Estrenar zapatos. Normalmente lo hacemos – porque combinan perfectos con nuestro traje- para un evento especial donde permanecemos varias horas de pie –orgullos de nuestra adquisición-, pero luego desesperados y maldiciendo esos putos zapatos que aprietan y sacan los callos más monumentales. Los invito a mirar debajo de una mesa en una almuerzo especial, en una boda o evento especial, y podrán observar como varios personas se descalzan con disimulo, para poder descansar de los aprietos. Amo mis zapatos viejos, leales, sin brillo y sueltos.
- Estrenar máquina de afeitar – sobre todo si es de marca genérica de supermercado o de promoción de sanandresito. Resultado ineludible: cortadura en el lugar más visible, que sangra sin parar hasta bien entrada la mañana, y de la cual todo el mundo se da cuenta y lo peor: te lo hace notar. Eso sin contar el ardor, la resequedad cutánea y esa curita barata inmensa que te hace ver como el pobrecito cara cortada. Siempre pasa cuando tienes que exponer frente a un grupo numeroso de personas, o cuando tienes una entrevista laboral, o cuando vas de flirteo.
- El trancòn monumental, cuando tienes que cumplir una cita importante. Sales con el tiempo justo – bueno a veces con unos minutos de atraso- , y no consigues taxi, te subes alterado (a) cuando alguno se le da la gana de parar, te das cuenta que el conductor es un viejito lento, inexperto y de corta visión, que toma el camino más largo, se entretiene preguntando infidencias o cuestionando inocuidades: porque lloverá tanto? Y fijo se topa con un trancòn, donde permanece minutos preciosos sin moverse, mientras nuestro estomago comienza a sufrir los estragos de la tensión. Ahora, si se tiene automóvil propio, y a pesar de conocer las vías y correr como un loco o loca (no lo interpreten mal), al llegar no hay parqueadero, ni un huequito por ahí donde dejar el auto, llegando supertarde a la cita, sudoroso (a), despelucado (a) y con la respiración entrecortada. Si llegas así donde un médico, este se preocupa y te diagnostica un problema cardíaco o algún mal de parkinson.
- La leche derramada (tampoco piensen mal). Después de que la empleada se esforzó en dejar la estufa impecable, decidimos calentar una leche, hacer un café o chocolate, esperamos un rato mirando el liquido impávido sin hervir, y decidimos hacer “mientras tanto” una llamada, mirar un programa, ir al baño o hojear un libro, y sucede que en cuestión de segundos (porque no son más), la leche se derrama, se expande, ensuciando no solo el fogón, sino toda la estufa, el piso, expidiendo un rancio olor a quemado. Nunca he tenido la oportunidad de tener éxito en el proceso de hervir ese líquido blanco, no se ustedes.
- Las perdidas llaves. Al salir, con el tiempo justo de nuevo, las saltarinas llaves se pierden, se esconden. Siempre buscamos en los sitios más comunes, sin pensar, que si se pierden es porque las dejamos en los sitios menos comunes. Y levantamos tendidos, desordenamos armarios, volamos cojines, rompemos porcelanas, buscamos hasta en el inodoro, maldecimos lo indescifre, suponemos lo peor, miramos la basura, hacemos ejercicio agachándonos con el consiguiente dolor lumbar; y siempre aparecen, eso si, en el sitio que revisamos más de una vez o en el propio bolsillo de nuestro pantalón.
- La foto de la cédula de ciudadanía. Quien se siente orgulloso con la foto de la cédula, siempre salimos desaliñados, envejecidos, anacrónicos, pálidos, asustados, como si esa foto hubiese sido tomada en una prisión, hospital o al amanecer con un guayabo terciario. Y lo peor, es que la piden para todo, en el banco, en la EPS, para ingresar a un edificio, para montar en avión, hasta para ingresar a un bar al lado de una nueva conquista. Abogo porque la foto de la cédula como la fecha de nacimiento, sea oculta y encriptada, quien me apoya en tan humano propósito?
- Una muestra de sangre. Por más que nos creamos machitos (hembritas), valientes y frescos (a), cuando vemos la aguja acercarse a nuestro brazo para una muestra de laboratorio, un estremecimiento nos hace temblar, y ese pinchazo genera un dolor que aunque furtivo, permanece en la memoria. Siempre miramos al victimario (a) a los ojos, y con cierta cara de clemencia le hacemos notar nuestro miedo, sin expresarlo formalmente. Eso si, luego del suceso clínico, nos levantamos alegres y orgullosos de haber superado tan temeraria prueba, mirando de reojo con cierta complacencia a los que todavía esperan para ser llamados.
- La cita odontológica. El día de la cita nos levantamos sobresaltados, durante la jornada siempre tenemos presente la hora del evento y nos preparamos asustados. Cuando llegamos al consultorio, los recuerdos dolorosos vienen a la memoria gracias al olfato y la audición, al olfato por ese olor inconfundible a fluor y fresa, a la audición por ese sonido a taladro rompiendo huesos, sin contar el llanto desesperado de un niño –que nunca falta-, que nos remonta a los momentos más oscuros de nuestra infancia. También le tememos al regaño seguro del doctor por una mala higiene oral, y claro está, el mayor terror se origina en el pago de la cuenta de cobro. Sin embargo, al salir salimos satisfechos de nuestra osadía.
- La necesidad apremiante de ir al baño. Esta diligencia es más complicada para las mujeres obviamente. A pesar de disponer de un baño limpio en casa con el papel higiénico doble hoja, el aromatizador, el jabón para bañarnos las manos y la toalla tersa y aseada, no vamos al baño antes de salir, y quince minutos después el cuerpo nos pide desahogo. Sicológicamente nos alteramos y el cuerpo pícaro, comienza a trabajar más rápido, exigiendo solucionar el inconveniente, so pena de hacernos quedar mal en público. Los centros comerciales cerrados, los restaurantes refunden el baño, en el edificio de la esquina el baño está en el piso 42, y si viajamos por carretera el siguiente pueblo está a 200 kilómetros. En últimas, por fin encontramos un baño, eso si, con el inodoro tapado, sin papel higiénico, sin jabón y con una toalla blanca negra de la suciedad.

Hay otros incidentes cotidianos, sin duda, por ahora les dejo los anteriores, que luego de superados nos hacen esgrimir una sonrisa.



Saturday, April 15, 2006

El evangelio según Pepito Pérez
Por Jairo Munevar


Están de moda los evangelios apócrifos, de difícil traducción y con claras motivaciones comerciales. El evangelio a que se refiere este texto, fue encontrado en un diskette viejo en una caja de cartón, en formato txt, el cual no requiere de ningún semiólogo, lingüista o experto en arameo, griego o latín para su traducción. Puede ser leído en un procesador de palabras Word de Microsoft, y está escrito en una lengua florida, barroca, explícita, común denominada español. Esta lengua tiene raíces en el latín, el griego y el árabe, con algunas palabras del alemán, italiano y francés. El texto fue encontrado completo, es pequeño, sin huecos y no puede ser tocado, ya que no está impreso en un papel, por lo cual no puede ser destruido. Acá se los dejo, sin alterar una palabra:

Jesús fue un profeta pragmático, popular, líder indiscutible, altruista, conocedor de las consignas más elementales para el buen vivir, y amante del bien, la convivencia, el sosiego y la espiritualidad. No se sabe en que momento sobre él se entretejieron miles de historias, y cual fue el motivo para haberlo catalogado como el hijo de Dios. En definitiva la necesidad imperante de creer de que hay algo después de la muerte, y una tendencia humana de establecer una ética que nos permitiera vivir en armonía, pudieron ser los motivos para la invención de una religión cuyo centro sea nuestro personaje. Sin duda fue un ser maravilloso, sus obras dignas de admirar, sus preceptos invaluables para el desarrollo espiritual, un profeta sin igual. Sin embargo, hasta que punto no ha sido manipulada su grandeza en beneficio de algunos, que tan de cierto tiene el significado que se le da a la crucifixión y supuesta resurrección, y cuantos actos fueron exagerados o acomodados para cimentar una Iglesia con el poder y respeto como la cristiana? Hay que agradecer la magnificencia, pompa y lujo que ha esgrimido la Iglesia Católica y Romana, sin estos valuartes no hubiéramos tenido acceso a la música de Bach, los frescos de Miguel Angel, las misas de Mozart, los textos de San Agustín y Santo Tomás. Cualquiera de estas obras hace creer que existe un Dios, que no es el inventado por los hombres para su acomodo, sino mucho más grande y de difícil comprensión. No se llega a Dios por la lectura de los evangelios aprobados por la Iglesia, ni por creer a pie juntillas lo que en ellos se dice de Jesús. Pienso, y espero que por ello no me tachen de sacrílego, que la verdadera historia es la siguiente:

Jesús nació en una familia normal, pobre, lo cual no ha sido nunca una novedad en la historia de la humanidad, de un parto con dolor, eso sí sin ayuda médica, dada la época, y esgrimiendo una miraba especial. Su madre María, tenía otros hijos, y concibió a Jesús como debe ser, siendo este de por sí el más grande milagro que nos ofrece la naturaleza: la reproducción. No sería milagro sino se requiriera para ello de un óvulo y un espermatozoide, y el desarrollo del feto dentro del útero de la mujer. La familia tenía sus necesidades económicas, el padre de Jesús era carpintero, profesión medianamente remunerada. Algunos vecinos ayudaron en el momento del parto, nunca faltan (sin contar los chismosos y oportunistas), hay personas que por su generosidad podemos catalogar como los reyes magos. Jesús tuvo una niñez normal, no fue a la escuela, no había, colaboraba a su padre en la carpintería, y su madre se dedicaba al hogar. La santidad de su madre María es la misma de todas las madres entregadas, que adoran a sus hijos, que se sacrifican por ellos, y que siempre están a su lado hasta su muerte.Por todo lo anterior, María es digna de ejemplo. Jesús llegó a la adolescencia con un carácter especial, curioso de entender la razón de la existencia, y firmemente creyente de su Dios judío. Decidió recorrer el mundo, conocer la humanidad, sufrir penurias, no tenía los medios actuales: libros, Internet, universidad para hacerse una idea del mundo y sus complejidades. Pero se decidió por el mejor mecanismo – hoy tan en desuso - : vivir la vida de manera real con alegrías y sufrimientos. Pienso que debió tener mujeres, amigos, parcelas que cultivar, ciudades que conocer, licores que tomar, travesuras que contar. En estos años, casi veinte, que conoció al detalle el bien y el mal, se apropió de una filosofía de vida y se convenció de la necesidad de creer en Dios, y sobre todo de compartir todo lo que concluyó en su vida mundana con sus semejantes. Frases como: “Ama a los demás como a ti mismo”, son el reflejo de un ética, que no se aprende en un libro, si no con la experiencia diaria y el dolor. Milagro como la multiplicación de los panes, es muy diciente, y se asemeja a ese refrán que dice: “donde comen dos comen tres”. En resumen, Jesús inicio después de los 30, un apostolado evangelizador por las tierras judías, con el solo fin de compartir su filosofía de vida sustentada en la religión. Que pasó al final de su vida? la última cena es un evento de comunión con sus amigos, sus seguidores, como cuando estamos en familia y compartimos los alimentos con nuestros seres queridos, o cuando estamos con nuestros verdaderos amigos y departimos experiencias y alegrías. La última cena nos enseña a compartir, a sentirnos iguales y dispuestos, es un medio para hacer sentir bien a nuestros semejantes y expresar nuestro amor. Como en toda la historia de la humanidad, algunos temen la pérdida del poder y se generan traiciones y engaños para que nadie ocupe su lugar. Quizás esta fue la razón que propició la condena de Jesús y su crucifixión.
El legado es grande, sin duda, cada uno tiene el libre albedrío de interpretar los hechos históricos, como tiene la posibilidad de seguir a otros profetas: Mahoma, El Buda.

Monday, April 10, 2006

Calla
(Por Jairo Munévar)


Calla, poseedor de los embelecos del amor,
tus palabras sobran, las insinuaciones lo dicen todo.
El amor es una flecha invisible que atraviesa el corazón sin aviso,
y con la mayor precisión.
Tu arco posee muchas de ellas
y tienes la puntería que solo da la intuición .
No necesitas razonar para amar,
no requieres calcular para conquistar.
Calla, las palabras sobran,
contonéate como siempre, con descaro,
asomando una sonrisa y adobando la noche con tu mirada.
No me importa tú entendimiento y discreción,
tu sabiduría se alimenta de tu cuerpo,
la juventud es tu valuarte y el
excitar tu arte.
Calla, que el silencio endulza tu caminar,

los suspiros son el verdadero lenguaje del corazón

Wednesday, April 05, 2006

De la aventura en el Transmilenio y otros aciagos sucesos

Para el autor de esta historia, un tal Jairo Munévar, - desconocido para muchos, catalogado como un cuerdo loco para sus amigos-, esta aventura es totalmente apócrifa, fruto de su imaginación, que se cuece en un momento de desvarío. Es evidente cierta tendencia al plagio -resultado de una devoción sin límites -, a una novela de caballerías, de corte humorístico denominada: “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, y de una admiración preocupante a su protagonista. Pero publíquemela, para gusto de algunos y disgusto de otros.

Al caer la tarde, cuando las sombras cubren las calles, la luz solar se disemina, el frío cala los huesos y los empleados con sus caras apesadumbradas retornan a sus hogares, Sancho y el Quijote deciden buscan un refugio donde cenar. Hacía siglos que caballero y escudero transitaban el mundo, y sus aventuras habían sido escritas, leídas y estudiadas por académicos, científicos, teólogos y hasta por la gente del común. Un valuarte de sabiduría habían acumulado en tanta correría, experiencias y conocimiento del mundo, desde el día que partieron por cuarta vez de la Mancha, acompañados por el rocinante y el rucio. Sin embargo, su inocencia prevalecía, su curiosidad estaba insatisfecha, y la capacidad de asombro la mantenían intacta. Habían vencido las leyes del tiempo y del espacio, utilizando para ello el arma de la sencillez y la autenticidad. Cuando arrimaron a la Sabana de Bogotá, se asombraron ante tanta belleza, y creyeron de nuevo haber llegado al paraíso, ya que su clima primaveral, los cerros que le rodeaban, el aire limpio, los cultivos de hortalizas, daban suficientes razones para afirmarlo. Don Quijote estaba de buen ánimo, por la posibilidad que se le brindaba de socorrer viudas, ayudar a los huérfanos, amonestar a los ladrones y pandilleros, apoyar a las madres solteras, orientar a los drogadictos, en esta desigual ciudad poblada de in sucesos. En cambio, Sancho lamentaba haber llegado a este páramo de lloviznas perpetuas, donde nadie ofrecía un plato de sopa sin dinero a cambio, pocas sonrisas se esgrimían, y donde su rucio iba a ser objeto de burlas. Sancho añoraba las tierras cálidas con playas que hacía pocos días habían abandonado, por sus gentes alegres y las vastas cantidades de ron que le ofrecían.
Se apearon de sus jumentos, cansados y con un hambre de días. Llevaban en sus mochilas restos de un tamal, una almojábana maltrecha y un poco de agua de panela sin limón. Sentaron sé en unos sillas metálicas, que se encontraban debajo de un techo de vidrio, cerca de un aviso que esgrimía la palabra “PARADERO” , que el Quijote interpretó como un lugar de descanso cuyo nombre debería referirse a algún hidalgo que habitaba el lugar. Los transeúntes que se agolpaban en el paradero, miraron aquellos personajes con repudio y curiosidad, pensando que eran indigentes dispuestos a sacarles cualquier moneda, o a robarles en el primer descuido. La vestimenta de Sancho y el Quijote no daban para mayor opinión, y el olor a ajos que despedían era repugnante.
En estando comiendo el caballero y su escudero, un ruido como de río desbocado alteró el silencio reinante, y crecía a medida que se acercaba un bus verde eufemísticamente llamado “alimentador”. Pero El Quijote y Sancho solo conocían de cocineras y mozos que servían alimentos, y al ver llegar a este gigante verde, Sancho pensó en el maleficio de un encantador, el Quijote se envalentonó ante la posibilidad de una nueva hazaña, y los transeúntes se acomodaron para tomar el bus. El Quijote, dijo a Sancho :
- Amigo mío, compañero de armas, esta noche el destino nos ha premiado con una nueva aventura que abordar.
- No lo creo así – contestó Sancho -; más parece un nuevo intento de los encantadores por confundirnos y alterar nuestro reposo y alimento.
- Sancho no te das cuenta del gigante que tenemos en frente – aseveró el Quijote-; es un monstruo que se come las personas, las cuales tienen esos rostros por la pesadumbre que les acongoja.
- Mi amo tiene razón -dijo Sancho-; solo hay que ver las tres bocas gigantes que tiene este gigante, que se abren como por arte de magia, para estar seguros que lo vuestra merced asevera es la pura verdad.
- Si, mi escudero fiel – afirmó el Quijote- ; se los come con una prontitud, y en los labios de las víctimas de tremenda fechoría, se esgrimen dolores mudos.
- Vuestra merced que ha resuelto tantos entuertos y aplicado demasiada justicia, haga algo – gritó Sancho.

- Decís bien Sancho amigo – contestó El Quijote. Y estando en estas, el Quijote sacó su lanza y corrió infructuosamente detrás del bus, sin darle alcance. Todo lo contrario, se cayó de bruces, encima de un charco, mientras lo pasajeros del bus reían a carcajadas-

Quedaron de nuevo los dos solos, El Quijote acongojado por su no finalizada aventura, y Sancho comiendo con voracidad la almojábana. Determinaron dormir cerca de donde estaban, en un bosque pequeño aledaño a la silla donde estaban sentados, a la espera del regreso de ese gigante mal intencionado que se había devorado esos tristes mortales. Pero quiso la ventura, que muchas veces socorre, que este fuese el último bus de día, y que el caballero y escudero quedaran dormidos a la sombra de un árbol.
El autor de éste episodio, promete que continuará con la aventura que les acontece a nuestros personajes, -una vez haya arribado el alba -, por ahora quizás se vea él mismo devorado por un gigante verde.

Monday, April 03, 2006

No te vi bajo la lluvia
(Por Jairo Munèvar)


No te vi bajo la lluvia,
No te vi una vez escampó.
La noche era fría y oscura,
prefiguraba tu ausencia,
predisponía mi espíritu,
alteraba mi corazón.
No te puse cita, no tenía como,
vagabundo como eres del mundo.
No tienes casa, ni hogar, ni un lugar fijo donde vivir,
eres habitante de la calle, y tu familia son las sombras de la ciudad.
Si atendías a alguien, cuanto lo siento,
si enfermabas en la soledad, lamento no estar a tú lado,
si decidiste descansar, lo tienes bien merecido.
No te vi bajo la lluvia,
en el rincón bizarro de tu existencia,
me fui mohíno y triste.

Regresaré otra noche, para verte desde lejos y solazarme contigo.

Tuesday, March 28, 2006

A Sangre Fría
(Comentario de la Película Capote)
(Por Jairo Munevar)


Se debe poseer la sangre fría, para poder escribir una novela del talante de “A Sangre Fría” de Truman Capote. Una crónica extensa, tan real y cruda, como para ganarse merecidamente el adjetivo de novela de “no ficción”. Una novela que se fragua en una historia real, donde el autor se convierte en testigo -participando sin recato y cobardía-, tanto de los acontecimientos que armaron la trama, como del delirante y sufrido proceso de la escritura. A Capote se le considera el gestor de la novela basada en la realidad, en el impulsor de la crónica como un cuento real con técnicas literarias, autor de gran talento, y colaborador de la revista más prestigiosa en el ámbito intelectual y periodístico norteamericano: The New Yorker. Su vida, como la de Dalí, era de por si una obra de arte, por su carácter pretensioso, vanidoso y ego centrista, adobado por un amaneramiento difícil de digerir, con tintes humorísticos. Sus deseos de reconocimiento, de triunfo, su necesidad imperiosa de sacar adelante un proyecto para la posteridad –una obra literaria que marcara un nuevo rumbo -, lo llevó a amistarse con los asesinos de este horripilante crimen en Kansas, para tratar de obtener la información más fidedigna de los hechos. Es el periodismo en todo su esplendor – no la crónica amañada, con fuentes discutibles, a la cual nos tiene acostumbrados la prensa diaria -; es la realidad convertida en ficción, por lo lejana que está a nuestra cotidianidad.
La película tiene su mayor logro, en ilustrar minuciosamente la transformación del escritor en su afán de construir una historia que denote las diferencias sociales, entre el New York de lujo de su propia vida, y los sueños de dos “fracasados” intentando arrancar una nueva vida con el dinero de otros. El abismo entre un estado rural, puritano y conservador (Kansas), y la ciudad del hedonismo, el arte, las ideas progresivas de Manhattan. La historia del asesino Perry pudo ser la de Capote –nació en Alabama-, pero su talento le salvó, aunque lo hundió en otro desgracia: la vanidad y el alcoholismo.
Una actuación sin peros -debidamente estudiada del personaje de Capote -, luce con brillo auténtico -, sin opacar a los otros actores. Una banda sonora precisa, por lo escasa y puntual, una fotografía de tonos oscuros que se adhiere a la historia.
El filme se puede disfrutar con plenitud, sin haber leído con antelación el libro, aunque sería una gran falla no leerlo posteriormente. Para nosotros - los aspirantes a escritor -, esta película, es una enseñanza dolorosa de las dificultades que tendríamos que enfrentar, si nos proponemos cazar y contar una buena historia.

Friday, March 24, 2006

Culpa, vergüenza y pudor
(Por Jairo Munèvar)

Son taras, sin duda. Puede sonar fuerte la apreciación, no hallo otra. Las tres se cultivan por una herencia moral y religiosa, que se afianza y fortalece en la niñez, y contra la cual luchamos infructuosamente desde la adolescencia. Dejo la culpa –por ser la más traumática, para un último análisis -. El pudor puede resultar erótico e interesante, siempre y cuando este no llegue a límites insostenibles, como no permitirnos desnudarnos con gracia y confianza frente al ser amado, o tener que apagar la luz para hacer el amor. El cuerpo humano es maravilloso, excitante y la creación mas cercana a la perfección, de todo el universo. Desde la punta de los pies hasta el cabello, cada sección de nuestro cuerpo, contiene miles de placeres que descubrir y miles de áreas que explorar. Por lo tanto, no debemos tener vergüenza de el, aún este contenga defectos o falencias, ya que estas ensalzan la perfección de otros atributos. De que nuestro cuerpo sea bello o feo, de acuerdo a los parámetros internacionales de belleza, es una apreciación simplista, ruin y consumista, la estética tiene muchos matices. Vivimos en una cultura que halaga las formas perfectas, y la juventud como sinónimo de felicidad. Ello es una falacia, porque si algo es claro, es la que la imperfección y el azar son las fuentes de la vida, la perfección raya en el tedio, y es válido para los puentes, los teoremas matemáticos, pero no para medir la estética, el gusto y la atracción. La juventud va siempre acompañada de inexperiencia, ignorancia y temeridad, la edad nos viene acompañada, - si hemos aprovechado la vida-, de conocimientos, objetividad, experiencia y una belleza transformada en madurez. Lo importante es que en el camino, no perdamos la frescura, la capacidad de asombro, la curiosidad, y el sentir de la juventud. Volviendo al pudor, este no debe ser un prejuicio que nos cohíba e inhiba de amar nuestro cuerpo. Claro que de la teoría a la práctica hay mucha tela que cortar, sobre todo cuando del pudor se trata.
Vergüenza, esta si es la enfermedad de nuestra época. Vulgarmente “hacer el oso”, lo cual es lo que más se evita en nuestra cotidianidad. Y que grave error, por no hacer el oso, nadie conoce nuestra verdadero ser, vamos como borreguitos detrás de las masas, nos vestimos igual, comemos de lo mismo, nos perdemos las mejores fiestas, los más atrayentes eventos, no participamos en los proyectos que nos gustan, no conocemos amigos interesantes, no gritamos bajo la luz de la luna, ni cantamos en el baño. Ni que decir del miedo a hablar en público, a que conozcan nuestros poemas, hasta nuestros sentimientos. Sentimos vergüenza de llorar frente a nuestras desdichas, de reír del absurdo, de amar a quien la sociedad no autoriza, de defender nuestros puntos de vista. Quizás, - y ello no tiene nada de raro pensarlo-, solo hay un paso por este mundo, y si dejamos de decir, hacer, ejecutar, soñar, incitar, curiosear, atrevernos a vivir, de manera auténtica y libre, estaremos lejos de alcanzar la huidiza felicidad, si es que existe. No sobra decir, que nuestros actos deben regirse bajo la ética (no moral) más elemental : la de la convivencia, la que limita nuestros actos en la medida que perjudican los derechos fundamentales de los demás. Que tan difícil es lograr todo lo anterior!.
Y por último : La Culpa. La maldita culpa. No sentimos culpables por ser felices, culpables por no rezar, culpables por disfrutar de la desgracia del prójimo, culpables por divagar, reír a carcajadas, por tener una enfermedad, ni que decir por comernos un bombón, coquetear al vecino o vecina; nos sentimos culpables por no bañarnos, echarnos una canita al aire, dormir más de 8 horas, no saludar a quien no nos interesa, pasarnos un semáforo en rojo, soñar con hacer el mal. Y este si que es un sentimiento religioso, para la cultura que vivimos -eminentemente cristiano, ineludible, incuestionable -, y resulta que cualquier actividad que nos genera culpa, nos enaltece como humanos. La mayoría de los actos que acometemos, son frutos del azar, de las circunstancias, o por simple supervivencia en esta selva insufrible. Hacer el mal -no es justificable -, pero cuando se hace premeditadamente, tiene algo de perdón, cuando lo acometemos por ignorancia o tontería, es imperdonable.
Culpa, vergüenza, pudor, hay que tenerlos respeto, sin dejar de ganarles algunas batallas.

Wednesday, March 22, 2006


La Aventura de Leer
(Por Jairo Munèvar)


“Besò los ambarinos melones orondos serondos odoranteserondos de sus nalgas, en cada orondo hemisferio meloso, en el surco serondo ambarino, con un òsculo prolongado provocante melodorantemeloso”, James Joyce

Este es un pequeño fragmento de la monumental obra de Joyce : Ulises. Por unanimidad de la crítica mundial, la mejor obra escrita del siglo veinte en cualquier idioma. En la obra solo hay cuatro personajes centrales, y no pasan más de 24 horas durante la trama, no ocurre ningún hecho trágico, enigmático, o sobrecogedor, son un conjunto de conversaciones con muchos matices, y una gran erudición. Mi pequeño libro de portada gris, que siempre me tienta en la biblioteca -como una piña en un bodegón -, contiene poco más de 900 páginas. En varias ocasiones he intentado leer el Ulises de Joyce, fracasando en el intento. Decidí –para no sentirme tan frustrado -, leerme un libro explicativo de la obra, del cual concluí que el infinito juego de palabras, las traducciones poco fieles, y el hecho de que en más de 900 páginas no pase casi nada, fueron los motivos de la inconfesable – por no decir vergonzante pereza que me produce ese "pequeño" texto. Hasta la fecha, mi odisea diaria no me ha permitido abordar la odisea de Joyce. La frase extraída de él, y que robé -descaradamente a un amigo de su blog, tal como el se la robo a Joyce -, me parece sencillamente deleitosa. La mayoría de las palabras que la componen, no tienen significado alguno en el idioma castellano - no por ello -, son sonoras, emotivas y significativas. Algunas frases del Quijote, están cargadas de expresiones en desuso, in entendibles, sin embargo, tan justas y necesarias al ritmo de la obra, como para su total deleite. Confieso que del Quijote me he leído el primer tomo, - no más -, y tengo el segundo sobre mi mesita de noche, invitándome con susurros lastimeros a iniciar su lectura. Le he dado alargue a su comienzo, porque estoy seguro, que una vez iniciado, no pararé de leerlo, y me alejaré de este ruidoso mundo, para acercarme al paroxismo. También algunas revistas faranduleras y periodísticas – si estamos en una confesión sincera -, “me endulzan” estos días de lluvias. Tal como los melómanos – adjetivo al cual aspiro -, gustan de todo tipo de música, un buen lector como Cervantes nos dice: “Debe leerse hasta los papeles que se encuentran en la calle”. A esto último me acojo, y he encontrado un tipo de literatura pornográfica, - no por ello sin interés -, en las tarjetitas que unos muchachitos pálidos y con hambre, regalan en las esquinas, las cuales contienen invitaciones indecorosas a compartir orgías, gozar de mujeres dispuestas, sodomizar a muchachos ardientes, y en general, promocionan sexo sin pudor.
Hace algunos días, un amigo leía con voracidad los clasificados del periódico, - y le pregunté : buscas algo ? - me contestó : “no, es que ya acabé de leer las otras secciones”. Interesado tomé los clasificados, y me encontré con todo tipo de ventas y compras de todo lo humano y divino, que me dieron la noción de lo costoso que resulta ahora vivir. Como ven, la lectura nos trae distracción, cultura, deleite, humor, información, conocimientos, y nos puede conducir a la tristeza o a la alegría. Me he quitado otro paradigma de la cabeza: no hay que leer grandes cantidades de papel, sino gozar las escasas frases que se leen – nunca tomaría un curso de lectura rápida -, como quien se toma un mojito (ron con yerbabuena y hielo) en un bar, despacio, disfrutando el color, la textura, el olor, el sabor y la embriaguz. El intento de que otras personas se acerquen a este secreto placer – el de la lectura -, ha sido infructuoso, espero que por lo menos estas palabras deshilvanadas, sean leídas con algo de curiosidad o como sutiles intentos de reflexión.

Tuesday, March 21, 2006

El tedio
(Por Jairo Munévar)

Horacio cambiaba de canal cada 30 segundos. En su casa hay tres o cuatro libros, migajas de su paso por la universidad. No gusta de las películas con contenido intelectual, que tratan sobre la belleza del mundo, con pinceladas de poesía, en las cuales no corre sangre y pólvora, y los efectos especiales brillan por su ausencia. No practica deporte alguno, considera la bicicleta un juguete para niños, trotar un acto ocioso, mira el caminar como una necesidad de los pobres sin auto, jugar tenis, una distracción para amanerados, practicar el golf una actividad de ricos; su único interés deportivo es el automovilismo, por obvias razones económicas, impracticable, ya que posee un Renault 4.
No sabe cocinar, siempre ha tenido quien le adobe sus alimentos, además cree con un fundamento basado en el machismo, que dicha actividad concierne a las mujeres. Es enemigo de los platos exóticos –teniendo en cuenta que para él unos ravioles ya es algo muy exótico -, no gusta de los vegetales, ni de las frutas, ni mucho menos de las tortas y embutidos, no entiende porque no le sirven siempre lo mismo, lo que tanto ama: fríjoles, papa, plátano, arroz y carne. Solo le deleita el café cargado y bien caliente, se aterra frente al capuchino o los cócteles de café con licor, frutos para el de la ociosidad de los ricos. Su discoteca contiene 8 o 10 cd´s de moda, piratas, vallenatos casi todos, nunca compra música, porque para ello esta la radio y los disk jockey que la saben escoger mejor que él. La música clásica la considera aburrida, tenebrosa, destinada para las iglesias, los viejos aburridos y los que se las dan de cultos. En su alcoba tiene colgados afiches de Nirvana -aunque le parece su música estruendosa y de drogadictos-, los tiene debido a que se las regaló un amigo que vive en New York a quien admira mucho; cuelgan también en sus paredes sucias, calendarios de mujeres desnudas, inalcanzables para este hombre de gustos simples y esfuerzos cortos.
Su aparato de televisión es inmenso, de alta definición, con varios parlantes por toda la habitación; a pesar de ello, lo único que ve es televisión nacional, series de acción refritas, telenovelas mexicanas, comedias insulsas plagadas de lugares comunes, noticieros faranduleros y deportivos, partidos de fútbol monótonos, desestimando sin pudor los canales de interés cultural, animación japonesa, películas de cine arte o los que contienen noticieros internaciones. No entiende, y se pregunta casi todos los días con asombro, porque sus películas favoritas no se ganan un oscar, o actores como Stallone o Bruce Willis nunca son nominados a las estatuillas. Otra de las cosas que le inquietan del cine, es la manía de algunos de seguir asistiendo a los teatros, siendo que ya se inventaron el dvd y la televisión transmite las películas sin subtítulos.
Cuando sus actividades se lo permiten, duerme hasta el mediodía día, con el televisor prendido, la luz apagada y las cortinas cerradas. No concibe que un domingo, alguien a las 6 de la mañana esté despierto, ejecutando planes deportivos o culturales, leyendo –la lectura para él es una afición de tímidos, solitarios o a sociales -, armando barcos de juguete o meditando con el silencio de la madrugada.
La asistencia a la Iglesia se la deja a su mamá – ella reza lo suficiente para cubrirlos a todos en la casa -, su espiritualidad es nula, no cree en nada, por física pereza, ni siquiera se puede ganar honestamente el adjetivo de ateo o agnóstico.
Todos los viernes se toma unos tragos con sus amigos de barrio. Cerveza nacional, aguardiente o ron, no le interesa un martini, una margarita, un vino tinto o un mojito, estos últimos forman parte del repertorio amanerado de lo exótico y extraño. Sus amigos son iguales a él, es difícil percibir la diferencia, en lo físico, en los gustos y en el carácter. Son de mediana estatura, elocuentes rasgos indígenas, algo fofos y paliduchos, con rostros marcados por el acné de la adolescencia, cabellos lacios y negros, y esa mirada de ineluctable hastío. Se encuentran al anochecer, en la tienda del barrio, donde Don Humberto, se saludan muy formalmente -las expresiones de afecto y cariño se las dejan a los maricas -, piden un par de cervezas, se sientan en las aceras y empiezan a tomar. Hablan de fútbol, viejas novias, del último celular, las zapatillas de moda, las aventuras de sus héroes amigos que han partido al país del norte – convencidos de sus logros económicos y sociales -, todo ello, salpicado de chistes verdes, sexuales, o de negros y homosexuales. Su vocabulario, no excede de diez palabras, donde priman el “hijo de puta”, “marica” y “mierda”. Al pasar las horas, y en el fragor de la embriaguez, planean serenatas e invitaciones a las mujeres hermosas del sector, para llevarlas a las discotecas de moda, que nunca se concretan, por su falta de altivez, empeño, y su memorable cobardía y consentimiento. A la madrugada se muestran cariñosos y afectivos entre ellos, denotando su lado femenino, disculpado por el licor. Al día siguiente duermen hasta bien entrada la tarde, consentidos por sus madres o cónyuges -no es raro que por las dos a la vez -, quienes les preparan juguitos y calditos – con cariño y amor -, para los “hombres” de la casa.
Horacio tiene una noviecita hace 5 años, mujer gordita, bajita, sin belleza alguna -en el sentido más estético de la palabra -, sumisa, buena ama de casa, dispuesta a darle hijos y educarlos, trabajar por su bienestar, y continuar con la labor encomiable de su madre, de cocinarle, lavarle la ropa, lidiar sus borracheras. Sin embargo, el no se ha decidido a pedirle el matrimonio, se siente tan cómodo con su vida, exenta de altibajos, que semejante compromiso le pone los pelos de punta.
Horacio ya cumplió treinta años, su madre aún lo mira como un niño, su padre partió cuando el tenía 8, terminó con mucho esfuerzo la universidad, donde estudio administración de empresas, no se le ocurrió nada más. Hoy en día, trabaja en una empresa de su tío, de auxiliar de contabilidad, de 8 a 5, sin mayores sobresaltos. Recibe cumplidamente sus quincenas, que distribuye entre la cuenta del celular, la gasolina para su auto, las cervezas de los viernes y la ropa de contrabando que compra imitando a sus amigos. Tiene un amigo cercano desde la niñez, a quien –en los pocos momentos de lucidez, le dice que siente que no se haya, que se aburre con todo, aunque no le falta nada -. El amigo siempre le responde: “hermano de pronto usted sufre de eso que llaman el tedio, vulgarmente llamado mal paridez existencial, tómese una cerveza, fume un cigarro o vaya donde las putas”.



Friday, March 17, 2006

Desde la ventana
(Por Jairo Munevar)

Con una mirada penetrante auscultaba el cielo, contaba las nubes, se enceguecía con el sol, armaba sueños y desarmaba realidades. Divagaba sin esfuerzo, tocando uno que otro tema sin profundidad. Yo le miraba a través de la ventana de mi oficina. Detrás de mí, empleados ocupados, azarosos y angustiados, cumplían sin cesar sus labores. No tenían tiempo para pensar, meditar, embebidos en su rutina y sus actividades operativas. Abajo y sentado en la acera, este hombre de madurez altiva, cabello ensortijado, y unos ojos que denotaban dolor, se percató de mi curiosidad con respecto a él. Levantó el rostro, intimidado, abrió los ojos, y con su mirada me pregunto : “que quieres amigo, déjame en paz “. Entendí el mensaje, cambie de posición, y continúe con mi trabajo. En la oficina se percibía un silencio de sumisión. Solo se escuchaba el digitar en los teclados, el sonido del papel al atravesar un fax, la puerta que se entreabría con el viento, y los ruidos del tráfico de la avenida. Mi curiosidad se acrecentó -y sin percatarme, mis ojos se posaron otra vez sobre este personaje callejero. Cual fue mi sorpresa, al verlo corretear presuroso por entre los carros y los buses, seguido por una dama furiosa que le perseguía y gritaba sin pudor : cojéenlo, que me acaba de robar. El tiempo parece que se hubiera detenido, y los transeúntes permanecieron quietos, impávidos, sin hacer nada, como si fuese una película de cine a la cual solo podemos observar. Los carros también pararon, y en la acción quedaron como protagonistas el ladrón y la señora, el cielo matutino, el semáforo que cambia de colores cumplido, los charcos de la calle, y como telón de fondo el aire contaminado de la ciudad. El ladrón se metió por una callejuela, perdiéndose de vista, la señora tropezó y se derrumbó, angustiada empezó a llorar. Se le acercaron otras mujeres, los hombres continuaron su camino, le preguntaron algo -que yo no podía escuchar, y ella les respondió con sollozos. Detrás de mi, la vida continuaba igual: un teléfono impaciente sonando, un mail entrando a mi computador, una mensaje instantáneo chillando en el ordenador de al lado, cientos de papeles sobre mi escritorio -atiborrados de números -, en espera de un trámite, un calor sofocante y un café a medio enfriar. Regreso con mi mirada a la calle, la señora ya se ha levantado con ayuda de las mujeres, camina cojeando, con la angustia en su rostro y una tristeza indescriptible en sus ojos; se despide, seguramente da las gracias, y continúa su rumbo, el cual fue alterado por el azar. Decenas de incidentes como éstos, ocurren todos los días por las calles de mi ciudad, nos quedan grabados unos minutos, luego de los cuales desaparecen de nuestras mentes como por arte de magia. Somos tan indiferentes como las nubes y el sol, la cotidianidad nos aliena e insensibiliza, los “demás” son extraños, seres ajenos a nuestro propio dolor. Me absorbe un documento, el cuadre de unas cifras, una llamada telefónica y la respuesta a un correo electrónico. Abajo continúa el trasegar de los transeúntes, el pitar de los carros, el vocerío de los vendedores, y el sol con su caminar pausado y seguro. Una hora después, miro a través de la ventana, y observo al mismo personaje de antes, con una sonrisa en los labios, divagando sin cesar.

Monday, March 13, 2006

Alfonso
(Por Jairo Munevar)

Cuando era adolescente, vivió un ser especial, romántico y con buen humor, que marcó, con altivez, mi vida. Tenía una grabadora negra de un solo cassete -común a los años 80 -, con botones grandes para la sintonización del dial, y para la definición del volumen. Podía funcionar con inmensas pilas, y con energía eléctrica -seguramente era de transistores -, un aparato con vida propia, y una personalidad que se asemejaba a su dueño. En el interior de esta máquina de música, rodaba siempre airoso un cassete, gracias a dos cabezas y el correr de una cinta -sin posibilidad de escoger la pieza a escuchar -, donde Alfonso grababa su amada música, y las voces de quienes le rodeaban. Dormía en un cuarto diminuto, cerrado, escaso de ventanas y aireación, hasta muy entrada la mañana. Había cursado -la humana carrera para él y en muy buen juicio -de la medicina. Leía –curioso y ávido -, todo lo que se le pasaba por sus manos, y jugaba ajedrez, con la estrategia de un guerrero anhelante siempre de la victoria. Arrimándose a él, se percibía su eterno olor a tabaco y alcohol, aquellos artilugios de la evasión, perdonables sin duda, para los demás. Era bello escuchar, acercándose a su habitación, -como si fueran cánticos de pájaros lejanos -, a Mercedes Sosa interpretando aquella poesía sobre la vida y la muerte, denominada: Alfonsina y el Mar. “Su pequeña huella no vuelve más”, “sabe Dios que angustias te acompañó”, “te vas Alfonsina con tú soledad”. Su biblioteca era desordena y heterogénea, metáfora de su inteligencia confusa y vivaz; sabía por intuición, que en los libros estaban las respuestas, a tantas dudas maquinadas y no resueltas.

En los de medicina, Alfonso, encontrabas explicación a tú condición física; en los de literatura, hallabas la belleza de la vida; en los esotéricos buscabas una respuesta, no racional, a tú incredulidad- Solo con la música, encontrarías la armonía de tú corazón, y la musicalidad en tú pensamiento. En esa eterna búsqueda -de la razón de la sin razón -, tuviste la suficiente lucidez y coherencia, para saber que la respuesta no estaba aquí -en este mundo extraño -, sino al otro lado, en la eternidad. Pero te faltó encontrar la más simple de las razones, que te hubiera hecho más feliz : “No hay que buscarle significado a la vida, ella simplemente hay que vivirla”. Caminabas lento y pausado -con el cigarro en la mano -, creabas historias, susurrabas chistes, escribías pensamientos, filosofabas sin parar, siempre tan cercano y lejano a la realidad.
Oh Alfonso!, cuanto hubieras disfrutado del ciberespacio, de la música en CD y Mp3, del DVD, de las bibliotecas públicas y virtuales, de los festivales de música, cine y teatro, de los senderos para caminar, de leer juntos Cien Años de Soledad. Ten la tranquilidad, donde estés, que yo leo sin parar, que me transporto con la música al cielo, que escribo para dejar algo para la posteridad (sin saber si es bueno o malo), y que camino bajo las nubes de tú misma ciudad.
“Dile que Alfonsina, no vuelve más”.



Friday, March 10, 2006

Una nueva especie
(Por Jairo Munevar)

Unos años más adelante, sin percatarnos, surgió una especie de seres misteriosos y solitarios, que caminaban pausadamente por las calles. No les preocupaba nada, iban meditabundos con una sonrisa bienhechora, la frente en alto, ataviados de ropajes cómodos, sencillos y multicolores. Entorpecían con su andar las correrías de los demás, sorprendiendo a los humanos que pasaban por su lado. Atravesaban las calles en las zebras indicadas, hacían las filas con paciencia y en perfecto orden, emitían palabras corteses a quienes los atendían, miraban con ternura a los niños, consentían a los animales, disfrutaban del sol, respetaban a los ancianos, y miraban con admiración y decoro a las mujeres. En ocasiones, se paraban en las esquinas y recitaban versos encantadores, en medio de los senderos cantaban melodías sublimes, y hasta pintaban acuarelas cómodamente en los bancos de los parques. Esta especie comenzó a multiplicarse exponencialmente, ante la mirada impávida de los humanos; se les veía por todos lados, siempre solos, con los ojos brillantes, el cabello hermoso, el gesto emotivo y sus ropajes sobrios. Al anochecer armaban tiendas de cartón y paja, donde descansaban placidamente, resistentes al frío, la soledad y al hambre. No eran indigentes, ni vagabundos, nunca pedían una moneda, ni robaban a nadie. No se sabía como se alimentaban, y si era para ellos necesario el comer, tampoco se conocía su procedencia, sus pensamientos, su estrato social, su cultura, su nacionalidad, su educación, su religión, su raza, sus inclinaciones sexuales, sus deseos y sus metas. A muchos les generaba estupor, rabia, desconcierto, estos seres sin necesidades materiales, sociales, políticas y sentimentales, seres tan distintos a nosotros los mortales. Su diferencia dolía, se juzgaba, eran víctimas de improperios, señalamientos y discriminación, situación para ellos totalmente ajena. Los humanos decidieron atacarlos, espantarlos, ahuyentarlos como perros sarnosos, como seres portadores del mal, como incitadores de rebeldía, como patrocinadores del caos. Sobre todo se ensañaron con ellos los autoritarios, los religiosos, los dogmáticos, los exitosos, los bufones, los vanidosos, los presuntuosos, los mediocres, los esquemáticos, los racionales y los arribistas. Se encariñaron con ellos los vagabundos, los indigentes, los estudiantes, los místicos, y los pintaron los artistas, los retrataron los poetas y les compusieron odas, los músicos. Los leguleyos, incitados por los gobernantes, redactaron leyes que obligaban -a esta especie-, a usar ropas más comunes, caminar en grupos, portar documentos de identificación, evitar la sonrisa, comer a horas adecuadas, vivir en casas de ladrillo, contraer matrimonio, tener hijos, aprender a leer y a escribir; les informaron que solo podían recitar versos en privado, cantar en la ducha y pintar en los estudios. La nueva especie acató las nuevas reglas con sumisión, dado su carácter pacífico, y lentamente fueron muriendo en la mayor de las tristezas, hasta acabarse como especie.

Wednesday, March 08, 2006

El celular
(Por Jairo Munevar)

Nos apretábamos inhumanamente, como vacas en el matadero, como marranos en un corral. Los olores y humores del mediodía agobiaban el ambiente, acrecentados por las ventanas a medio cerrar. El bus para en seco, las puertas se abren en la estación, me empujan sin pudor, corren desaforados los pasajeros angustiados por atrasos en su vivir; una energía extraña me invade, como un presentimiento, un palpitar de mi corazón. Un policía bachiller, pequeño, menudo, mestizo, obtuso, corretea a un hombre sucio, maltrecho, mal vestido. El hombre perseguido es de mirada penetrante, triste, ajena, denota un humor oscuro, un olor raído, un odio insatisfecho, un resentimiento mustio. Se acerca, me empuja, me enfrenta, me atraca y vacía mis bolsillos. Mis segundos para el son minutos, su habilidad utiliza mi impavidez, su velocidad acrecienta mi quietud, su fechoría corrompe mi corazón En instantes, inmensos por intensos, lo culpo y lo perdono, lo acuso y lo absuelvo, lo odio y lo comprendo, lo admiro y lo desprecio. Sin embargo, instintivamente, corro, manoteo y grito, lo agarro, lo miro e insulto, me mira, calla y mi duele. El bus permanece quieto y meditabundo, las puertas abiertas, el silencio incólume, el aire espeso. El agente bachiller se acerca, los tres caminamos juntos, callados, ajenos, extraños que no se desean conocer. No pregunto nada, el malandrín tampoco, el agente tiembla inexperto. Atravesamos avenidas, calles, pienso que los tres al levantarnos de la cama aquella mañana - el agente en una pieza minúscula, mísera, hacinada, en los entretelones de las montañas, el ladrón en una hotel de paso, oscuro con olor a orín de gato en un catre maltrecho por amores furtivos y pagos, yo en mi cómoda habitación de clase media, sábanas limpias, televisión por cable, desayuno balanceado -, no habíamos previsto esta situación grotesca, entupida e ineludible a la vez, algo que solo puede surgir en este macondo urbano. Nos detuvimos en una cafetería, donde dos policías mayores con una mujer teniente, departían en medio de risotadas: un café con leche y mantecada. Los policías aquí en este cafetín, departiendo como gallinas en flor, y los antisociales allá, en la estación del bus, practicando el arte de la sustracción.
Que pasó, - pregunta la teniente -, este tipo robó mi celular -respondo-, con un ligero temblor en mi voz. Agente Martínez, - vocifera la teniente -, escúlquelo, desnúdelo, ese es de la banda del 10. -diez es la ruta que va del portal 80 a Germania-. Ah, es que hay bandas en los buses? - pregunto-, la teniente me mira con cara de conmiseración. Lo esculcan, desnudan, le violentan los derechos más íntimos, y no le encuentran nada. Yo ahora lo dudo, será que no me robó, será que fui víctima de una alucinación?. El ladrón se acerca, entre humillado y satisfecho, me dice : por favor, infórmeme, que le robé “caballero” ?. Enmudezco, palidezco, por poco me orino, la teniente me llama aparte y me dice: le creo a usted, denúncielo, aunque como no está la prueba del delito -el celular-, lo más seguro es que lo suelten en 24 horas. En ese mismo momento, el agente bachiller atraviesa la calle, departiendo animadamente con el malandrín, lo deja entrar gratis a la estación, y luego se esfuman ante mi asombro. La teniente retorna a la mesa con sus compañeros, me susurra al oído: “no quiero que se me enfríe el café”. Quedo solo en la acera, debajo de un sol canicular, no se que hacer, caminar por lo pronto, en la noche habrá una cama limpia donde dormir, una comida caliente que degustar y una historia más que escribir. El agente bachiller retornará sudado y cansado a su pequeña habitación en la ladera del cerro oriental, donde con su mamá y hermanos compartirá un agua de panela con pan. El ladrón venderá el celular al mejor postor, para poder comer un guiso desabrido con una sopa aguada, pagar los servicios de una prostituta obesa, y alquilar “un rato” en un motel central. Por ahora, necesito otro celular.

Monday, March 06, 2006

La inteligencia todo lo puede
(Por Jairo Munevar
)

Leyendo la vida y obra de ese pensador y escritor desconocido en Colombia , pero muy alabado y nombrado en Europa : Nicolás Gómez Dávila, colombiano y cachaco - creador de los denominados “escolios” o frases memorables, que nos hacen reflexionar sobre todo lo habido y por haber-, me cuestioné sobre la capacidad que tiene la inteligencia para enfrentar la vida y disfrutarla. Además de lo poco común de su uso. El cerebro tiene millones de neuronas, cada una con una función e información diferente, y comunicadas entre sí, por hilos delgados y finísimos, que transmiten de manera expedita y precisa todas las ideas, conceptos e información necesaria para la creación artística y científica. Utilizamos tan pocas neuronas en nuestro acontecer diario, convirtiendo nuestra vida en una serie de procesos operativos y repetitivos -siempre a salvo de novedades y cambios -, que la rutina nos agobia y el tedio nos invade. La medición de la inteligencia de una persona está dada más por su actitud, su valentía para el riesgo de pensar y crear, que por la acumulación de datos inconexos, sin sentido, recitados y procesados como un inventario de tornillos. Por ello que la lectura, la escritura, los ejercicios mentales como la redacción de un ensayo o la elaboración de un crucigrama, la pintura, la interpretación de un instrumento, el cocimiento de una sopa, son mucho más fructíferos para el desarrollo intelectual, que el aprendizaje memorístico de leyes, instrucciones, teoremas, procedimientos médicos, que son simplemente listas de datos. Un ejemplo palpable que viene al caso son las tablas de multiplicar. Quien aprende de memoria que 7 x 7=49, en vez de analizar que 7*6=42, que sumándole 7 da 49, tiene pocas probabilidades de entender en su verdadera esencia las matemáticas, y de desarrollar ingeniosamente su cerebro. Quien se aprende de memoria los órganos del cuerpo, hígado, páncreas, riñones - sin entender su funcionalidad: el páncreas convierte el azúcar en energía, el hígado desintoxica nuestro organismo, y los riñones permiten la limpieza de la sangre y la expulsión de las sustancias tóxicas mediante la orina-, posee una información tan vaga e inútil, que no le contribuirá ni a su propia salud, ni mucho menos a la de los demás.
El mayor conocimiento -sabiduría diría yo-, se adquiere en el experimento, en la ejecución, en la práctica, en lo empírico de la experiencia. El cerebro es un músculo, que requiere como las piernas, los pectorales o las nalgas, ejercitación para su moldeamiento Si deseo escribir un buen texto, necesito escribir 50 malos o más, para que un grupo de científicos lleguen a la cura de una enfermedad es necesario que prueben miles de experimentos, hagan infinidad de pruebas y recurran al aprendizaje de sus propios errores. Los libros orientan, teorizan, abstraen y facilitan el proceso de conocimiento, pero solo con la creación se desarrolla la inteligencia.
La inteligencia es para muchos: desconocida, ignorada impunemente, se busca la solución probada y segura, nos refugiamos en la estupidez humana. Las imbecilidades se propagan con la velocidad de la luz. Como dice Gómez Dávila : “La inteligencia aísla; la estupidez congrega”. No tengamos miedo de disgregar, transgredir, dudar, investigar, crear y sobre todo errar. No nos conformemos con las “verdades absolutas”, el poder cognitivo y creativo de nuestro cerebro, es tan inmenso y maravilloso, que sería pecaminoso no utilizarlo.

La inteligencia todo lo puede : superar una discapacidad física, sobrellevar una urgencia económica, tolerar los artilugios del amor, admitir esta humanidad violenta y ambiciosa, acoplarse a una sociedad cada vez más mezquina y superficial, solventar nuestros propias fallas y errores. Somos humanos –la inteligencia tiene varios matices -, y por ello esta frase no está fuera de lugar :

“Las desgracias ajenas nos producen regocijo, pero más placer nos produce causarlas”. F. Nietzche